lunes, 13 de abril de 2009

Kosolapov



El año que se suicidó mi hermano, el Sporting fichó a Kosolapov.

Era un centrocampista que nunca entendió que significaban la cosa redonda que corría por la hierba. Cuando debía cubrir a su hombre, estaba haciendo una ayuda a un compañero; si debía hacer una ayuda a un compañero, corría pegado a un jugador contrario.

Una vez lo encontré en la playa. Era finales de septiembre. Tenía el aspecto de un San Bernardo con el barrilete vacío. Poca gente aprovechaba el veranillo de San Martín. Él miraba al mar fijamente. Le pedí a mi madre un papel para que me firmara un autógrafo y me dio un ticket del supermercado. Me acerqué con timidez, le extendí el papel y el lápiz. Me observó durante unos instantes, casi asustado, incapaz de sonreír.

Tomó el papel, escribió algo en ruso e hizo un garabato. Yo me volví con mi madre, no miré siquiera la firma. No le dije mi nombre. Al poco rato, se puso una camiseta y se fue.

Sólo marcó dos goles aquella temporada. No terminó la temporada, en diciembre volvió a Rusia.

Todavía conservo el autógrafo aunque nunca lo he leído.


miércoles, 25 de marzo de 2009

MIS VECINOS


Por la ventana de mi salón veo las antenas, las chimeneas y el amianto de los tejados. Un poco más abajo, el hijo de los vecinos juega con una consola conectada a la televisión. Simula que es un soldado y mata otros soldados entre las ruinas de una ciudad. Cuando le matan a él, mueve rápido los dedos y la partida comienza de nuevo en el sitio donde se quedó. Desconoce que, en las entrañas del aparato, hay costillas de algo que se llama tantalio.

Por la ventana de la cocina me asomo a un patio interior gris, donde la luz no se atreve a entrar. El hijo de otros vecinos limpia un kalashnikov con lentitud. Mientras pasa un cepillo de dientes por el interior del cañón, sueña que juega a la pelota. Cuando lo maten, se lo comerán los buitres en el sitio que caiga. Desconoce que, en las entrañas de la tierra que pisa, hay una mezcla de minerales llamada coltán.





sábado, 21 de febrero de 2009

Olivas

Dicen que sueñas.
Me lo contaba mi abuelo mientras se sacaba los huesos de la boca con la velocidad de una ametralladora. Si comes olivas por las noches, sueñas. Me confesaba, por lo bajo, para evitar que mi padre lo pudiese escuchar, que desde la muerte de la abuela, con un puñado de esas olivas negras que recogíamos del suelo, escarbando entre los terrones de tierra, de los campos del marqués, podía verla todas las noches.
Sabía que no era real, pero hacía más llevaderos los días. Como solía comentar: los sueños son el cine de los pobres.
Con los años, alguien me lo comentó. Alcaloides.
Es la misma sustancia que tiene la marihuana o el hachís. Las olivas contienen alcaloides en pequeñas concentraciones.
Ahora, por las noches, cuando me sirven una ensalada, retiro las olivas.
Nunca sabes en qué esquina hay que torcer ni en qué sueño aparecerá tu abuela.