sábado, 21 de febrero de 2009
Olivas
Me lo contaba mi abuelo mientras se sacaba los huesos de la boca con la velocidad de una ametralladora. Si comes olivas por las noches, sueñas. Me confesaba, por lo bajo, para evitar que mi padre lo pudiese escuchar, que desde la muerte de la abuela, con un puñado de esas olivas negras que recogíamos del suelo, escarbando entre los terrones de tierra, de los campos del marqués, podía verla todas las noches.
Sabía que no era real, pero hacía más llevaderos los días. Como solía comentar: los sueños son el cine de los pobres.
Con los años, alguien me lo comentó. Alcaloides.
Es la misma sustancia que tiene la marihuana o el hachís. Las olivas contienen alcaloides en pequeñas concentraciones.
Ahora, por las noches, cuando me sirven una ensalada, retiro las olivas.
Nunca sabes en qué esquina hay que torcer ni en qué sueño aparecerá tu abuela.
domingo, 25 de enero de 2009
¿GAZA?
Martín Roldán Ruiz
(Versión original en http://generacion-cochebomba.blogspot.com/2009/01/el-gueto.html)

Todas las mañanas muy temprano sale hacia el camino que lo lleva a otro camino mucho más largo y ancho, para ir a trabajar. El sol está saliendo; y una y otra vez, observa los escombros de los viejos edificios, que de tanto esperar se están cayendo de tiempo y de balas. De alguna puerta inexistente, donde se hacina gente como él, sale otro que también tiene el privilegio de contar con un trabajo. No llevan distintivos, sólo las cartillas que les permiten trabajar. Pero, saben bien, que ninguno de los que se van uniendo en ese largo camino, son considerados algo dentro de esa tierra que es su patria.
Poco a poco va distinguiendo entre la bruma que se va aclarando con los minutos, a los uniformes verdeoliva, de cascos anchos y fusiles largos, que lo observan. Esos ojos tienen el color del desprecio, del que se considera superior, del que se siente distinto. Pero, también, del que se siente amenazado. El miedo del que se sabe en tierra hostil.
Camina sin mirarlos, porque un mal paso o un movimiento en falso podrían acarrearle un tiro por la espalda. Ya lo había visto tantas veces como tantas había visto las lágrimas de su familia, de sus amigos, de sus vecinos. Funerales que reemplazaban a los matrimonios y cumpleaños de gente que de joven sólo tenían la alegría. al momento de morir.
Al final de su caminata llega a un puesto de vigilancia. No pasan de una cincuentena. Trabajan en el campo cercano, fuera de las murallas y barricadas que limitan su vida y su esperanza. Lo revisan minuciosamente, mientras le hablan en una lengua extraña, que de tanto escucharla le suena a ladridos de perros feroces. Por eso ante las mismas preguntas, sólo asiente con la cabeza y espera que le den la orden de avanzar.
Trabaja de Sol a Sol. Pero, sabe que cuando regrese no encontrará mucho para consumir. Porque en donde lo esperan, solo hay unas horas de electricidad al día. El gas escasea y el agua también. Y los alimentos entran de contrabando o de la ayuda de algunos caritativos. Pero, igual, lo que gana le proporciona un extra para su familia. Una esposa y una hija que cuando se despiden de él, cada mañana, no saben si regresará.
Cuando lo hace, agradece el estar junto a su familia una vez más. Pero sabe que cada día que pasa, es un día menos para él, y uno más para su hija. Y en el silencio de la noche, se pregunta si vale la pena que crezca en ese arrinconamiento. Porque desde el día de la invasión, los fueron empujando de su lugar natural, muy lejos hacia el este, hasta prácticamente encarcelarlos en un pedazo de tierra, desconocida. Donde todo se estaba derrumbando, hasta la esperanza.
Por eso tiene que compartir una casa, con muchos miembros de su familia y otros que no lo son. Demasiadas personas, para poder mirar más allá de la sonrisa de su hija que corretea entre los ladrillos y el polvo del desmonte. Y lo único que lo hace fuerte es la certeza de su fe. La creencia de que su Dios nunca lo abandonará. Y que algún día la invasión se terminará y todo habrá quedado atrás, y habrá pasado tan rápido como una plegaria. Por eso reza, y los sufrimientos de la escasez y del amontonamiento, se atenúan. Mientras los invasores se mantengan lejos, aún se puede vivir.
Pero un día sin nombre los invasores decidieron que había que entrar, que no iba más ese rincón olvidado. Porque desde allí se ponía en peligro la seguridad del estado y de la raza. De esos mismos que a sangre y fuego se habían metido en una tierra que no les pertenece, pero que consideran el espacio vital necesario para sobrevivir a costa de los que ya estaban establecidos allí. Muchos que no toleraban quedarse con las manos quietas, dispusieron hacer la lucha. Sin armas, sin tanques, sin cañones, decidieron poner bombas allí donde se reunía el enemigo: Cafés, bares. Morían inocentes y culpables. Lastima, se decían, son ellos o nosotros. Ese fue uno de los motivos, para que se decidieran a acabar de una vez por todas con ellos.
Entonces, en vez de que le dieran la orden de avanzar, le empujaron y le ordenaron que regresara por donde había venido. En un principio intentó mostrar la cartilla que le permitía salir, pero recibió la amenaza de un balazo si no obedecía.
Obedeció. Corrió y corrió por llegar donde los suyos. Y cuando ya estaba por llegar escuchó las primeras explosiones, los primeros disparos y rogó y rogó que a su esposa e hija, no les pasara nada, al menos mientras no estuviera junto a ellas. Y una vez reunidos, se sintió tan feliz de verlas, de abrazarlas. hasta que escucharon muy cerca el rumor de los tanques, las ráfagas de las balas, los gritos del combate. Y la muerte que sabía les esperaba en cada explosión que caía del cielo como una condena.
(Relato sobre Cracovia, 1943)
http://hankover.blogspot.com/2009/01/el-gueto-martn-roldn-ruiz.html
jueves, 11 de diciembre de 2008
Divorcio
Me dice usted que no lo entiende.
A pesar de todos esos títulos colgados en la pared, aquí, la licenciatura, allí el doctorado, todos esos másters, y me dice que no lo entiende.
Y es que usted es hombre. ¿Cómo lo va a entender? Para ustedes lo único que les preocupa de un divorcio es que la nueva sea más joven que la que se deja.
¿Cuál de todos es usted en esa orla? No se me moleste, pero entonces tenía más pelo.
Todas teníamos más cosas. A veces me parece que vivir no debería contarse por los años que ganas sino por las ilusiones que pierdes. Sería divertido, ¿qué edad tienes?, preguntaríamos. Menos diez ilusiones. ¿Menos diez?, nos dirían las vecinas, pues chica, no las aparentas, no te hubiera echado más de menos tres. ¿Qué crema empleas?
Nosotros también aparecíamos en la orla. Yo en la M, de Martinez. Él en la H. Yo creía que de Hinojosa pero luego supe que era de Hijodeputa.
No se ría de ese modo. Lo digo como lo siento. Ya sé que no debo decir eso delante del juez. Allí debo llorar y contar su infidelidad y el daño que me ha hecho… El papel de mujer hundida. A ustedes, los hombres, eso les puede. Les aflora el complejo de caballeros andantes.
Pero yo no estoy apenada ni hundida. Estoy rabiosa. No puedo perdonar. Y no deseo únicamente alejarme de él, también quiero hacerles daño.
A los tres. A él y a ella dos.
Él pagará en los juzgados, pienso estrujarle ese sueldo de director de banco hasta que lo vea arrastrase. Pero ellas… A ellas las quiero ver tiradas en la calle, emplastadas en la acera como dos cagadas de pájaro… Con ellas no hay piedad, porque no hay piedad con las traidoras, con las perras que muerden la mano que les da comer, con las desagradecidas.
Tampoco me mire con esa cara, hombre. No tiene que entenderlo. No le pagaré porque lo entienda. Ustedes, los hombres…
Al principio, él era como todos son al principio: atento, divertido (cuánto me hacía reír, después de hacer el amor, se dibujaba una cara en el pene y me contaba chistes poniendo voz de dibujo animado), también me traía flores de vez en cuando. Yo las ponía sobre la mesilla, con la luz del amanecer parecía que todavía estuvieran vivas. Cuando se marchitaban traía otro ramo.
Fue más tarde, no sé decir cuando. Las mujeres sentimos el tiempo de otro modo. Nuestros calendarios se marcan por el cariño. Un pedazo de saliva es un minuto, la piel desnuda un día.
Tal vez fuese después del primer aborto, no sé…
Simplemente fue. Un día te levantas y las flores están secas.
Luego son detalles. Las caricias en la espalda, por ejemplo. Sus manos ya no me recorrían, comenzaron a centrarse en ellas. Ingenua de mí, yo creía que era mí a quién tocaba pero sólo las amaba a ellas. O los besos antes de irse, dejaron de ser en la mejilla, me levantaba la camiseta y le daba uno a cada una. Me pedía que me vistiese ésta o esa otra camiseta, que me hacían un bonito escote, decía, su mirada ya no buscaba en mis ojos, siempre pendiente de las dos, metiendo el dedo en el espacio que las separa.
Te das cuenta. Ya no eres tú. No te ama, te ha cambiado. Por un tiempo te mientes, dices que volverá, lo cuentas a las amigas, dicen que eso es bueno, que le gustas, pero en tu interior sabes que no es así.
Te está engañando. Ya no te ama. Se va con las dos. Les hace el amor a ellas, les habla a ellas. Un día te despiertas, haces café, te miras en un espejo y las oyes cuchichear, se ríen de ti.
Así que, doctor, me da igual que no lo entienda. Quiero lo que he pedido, que me las quite, que me las corte, quiero ver cómo gritan. Quiero ver cómo tienen miedo.
Quiero ver la cara de él cuando nos veamos en el juzgado.
