jueves, 11 de diciembre de 2008

Divorcio




Me dice usted que no lo entiende.
A pesar de todos esos títulos colgados en la pared, aquí, la licenciatura, allí el doctorado, todos esos másters, y me dice que no lo entiende.
Y es que usted es hombre. ¿Cómo lo va a entender? Para ustedes lo único que les preocupa de un divorcio es que la nueva sea más joven que la que se deja.
¿Cuál de todos es usted en esa orla? No se me moleste, pero entonces tenía más pelo.
Todas teníamos más cosas. A veces me parece que vivir no debería contarse por los años que ganas sino por las ilusiones que pierdes. Sería divertido, ¿qué edad tienes?, preguntaríamos. Menos diez ilusiones. ¿Menos diez?, nos dirían las vecinas, pues chica, no las aparentas, no te hubiera echado más de menos tres. ¿Qué crema empleas?
Nosotros también aparecíamos en la orla. Yo en la M, de Martinez. Él en la H. Yo creía que de Hinojosa pero luego supe que era de Hijodeputa.
No se ría de ese modo. Lo digo como lo siento. Ya sé que no debo decir eso delante del juez. Allí debo llorar y contar su infidelidad y el daño que me ha hecho… El papel de mujer hundida. A ustedes, los hombres, eso les puede. Les aflora el complejo de caballeros andantes.
Pero yo no estoy apenada ni hundida. Estoy rabiosa. No puedo perdonar. Y no deseo únicamente alejarme de él, también quiero hacerles daño.
A los tres. A él y a ella dos.
Él pagará en los juzgados, pienso estrujarle ese sueldo de director de banco hasta que lo vea arrastrase. Pero ellas… A ellas las quiero ver tiradas en la calle, emplastadas en la acera como dos cagadas de pájaro… Con ellas no hay piedad, porque no hay piedad con las traidoras, con las perras que muerden la mano que les da comer, con las desagradecidas.
Tampoco me mire con esa cara, hombre. No tiene que entenderlo. No le pagaré porque lo entienda. Ustedes, los hombres…
Al principio, él era como todos son al principio: atento, divertido (cuánto me hacía reír, después de hacer el amor, se dibujaba una cara en el pene y me contaba chistes poniendo voz de dibujo animado), también me traía flores de vez en cuando. Yo las ponía sobre la mesilla, con la luz del amanecer parecía que todavía estuvieran vivas. Cuando se marchitaban traía otro ramo.
Fue más tarde, no sé decir cuando. Las mujeres sentimos el tiempo de otro modo. Nuestros calendarios se marcan por el cariño. Un pedazo de saliva es un minuto, la piel desnuda un día.
Tal vez fuese después del primer aborto, no sé…
Simplemente fue. Un día te levantas y las flores están secas.
Luego son detalles. Las caricias en la espalda, por ejemplo. Sus manos ya no me recorrían, comenzaron a centrarse en ellas. Ingenua de mí, yo creía que era mí a quién tocaba pero sólo las amaba a ellas. O los besos antes de irse, dejaron de ser en la mejilla, me levantaba la camiseta y le daba uno a cada una. Me pedía que me vistiese ésta o esa otra camiseta, que me hacían un bonito escote, decía, su mirada ya no buscaba en mis ojos, siempre pendiente de las dos, metiendo el dedo en el espacio que las separa.
Te das cuenta. Ya no eres tú. No te ama, te ha cambiado. Por un tiempo te mientes, dices que volverá, lo cuentas a las amigas, dicen que eso es bueno, que le gustas, pero en tu interior sabes que no es así.
Te está engañando. Ya no te ama. Se va con las dos. Les hace el amor a ellas, les habla a ellas. Un día te despiertas, haces café, te miras en un espejo y las oyes cuchichear, se ríen de ti.
Así que, doctor, me da igual que no lo entienda. Quiero lo que he pedido, que me las quite, que me las corte, quiero ver cómo gritan. Quiero ver cómo tienen miedo.
Quiero ver la cara de él cuando nos veamos en el juzgado.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Limpiar el polvo



Borro tus pasos para que no me sigas. Seco los dedos humedecidos, los vientres convertidos en lagos. Meto el calzoncillo debajo de la cama, tiro el condón, antes he hecho un nudo. Vuelvo a colocar las fotos.
Ayer perdimos; fallé cuatro canastas fáciles.
Regresas, dices que me quieres.
La habitación está limpia.
Podemos volver a empezar.

lunes, 20 de octubre de 2008

A caldo



Un poco más de sal…
Cuando estoy malita me gusta prepararme un buen caldo. Eso es porque no tengo el carné de madre. Si tuviera el carné de madre sabría que lo mejor para el constipado son las natillas. Una madre hubiera bajado al super y te hubiera subido doce natillas. Con eso se arregla todo. Que tienes cáncer, pues una verdadera madre lo soluciona con unas natillas.
Si las madres fueran médicos, en lugar de vacunas darían natillas a los bebes. Cuando mi madre vivía, con le primer estornudo, me obligaba a meterme en la cama, bajaba al super y subía cargada con su bolsa de natillas.
Pero mi madre ya me lo decía ya, mientras me enterraba en mantas y me ahogaba con las natillas: hija mía, tú no valdrás para madre, tú sólo vales para matarme a disgustos. Ay, cristo bendito de la amapola sangrante, qué cruz de chiquilla.
Remuevo bien y tapo. La carne debe cocer lentamente para sacarle toda la sustancia.
Luego, cuando esté bien blanda, haré croquetas con ella.
Recuerdo a mamá leyéndome la Biblia por la noche antes de dormir. Adán y Eva. Era lo que más le gustaba. Igual eso le recordaba la época que fue feliz con mi padre.
Fuese mi padre quien fuese.
Porque mi madre nunca me lo quiso decir, ni a mí ni a nadie. Si se me ocurría preguntar, me cerraba la boca con esos bofetones suyos secos, silenciosos. Y luego, antes de dormir, mientras la cara me ardía, toma, Adán y Eva, la costilla, el árbol, la puta manzana y ale, a la calle, a ganarse la vida arrastrando el culo por ahí.
Pues para mí que lo tuvieron merecido, que para un árbol que les prohíben, y de manzanas encima, que si hubiese sido un plato de cordero asado… Ya son ganas de complicarse la vida.
Si esos eran los primeros padres, entiendo perfectamente a qué hemos llegado. No me digan que no se veía venir.
Vestía siempre de negro la mujer, que yo la veía y se me representaba una cucaracha grande. Cuando íbamos a comprar todo el mundo la trataba con mucha amabilidad, le cedían el paso en las puertas (por favor, doña Blanca usted primero), permitían que fuese la primera en la carnicería (pida, pida Doña Blanca)…
Pero siempre esa sonrisa.
Todos.
Esa sonrisa que clavaba la vista de mi madre en el suelo.
La sonrisa de saberse mejores que ella. De tener un hijo con apellidos identificados.
Tal vez un poco de pimienta, y unas hojas de laurel… El caldo debe salir con gusto.
Cuando regresábamos de comprar mi madre no me dejaba jugar. Nos arrodillábamos en el salón y rezábamos. Cogía el rosario y lo apretaba con las manos como si lo quisiera aplastar. Yo sabía que era menester cerrar los ojos y rezar con ella, sabía que si abría los ojos o dejaba de musitar las oraciones interminables del Rosario, mamá se volvería hacia mí, me abofetearía, me arrastraría de los pelos y me encerraría en el armario donde guardaba la ropa vieja de la abuela, sabía que me tendría allí hasta que no aguantar más y me hiciera pis encima.
Entonces, todavía se enfadaría más…
No me gustaba ir a comprar con mi madre. Yo era su manzana.
En cambio, cuando me llevaba a la escuela o íbamos a la iglesia, mamá siempre sonreía, lo hacía así, bajando los ojos, como si tuviese la sonrisa empañada o algo metido entre los dientes. Sonreía como menean la cola algunos perros, esos que no se atreven a que les acaricies. La gente le saludaba a la puerta pero siempre tenía un banco en la iglesia para ella sola y nunca pasaba a comulgar.
De nuevo, a la salida, otra vez las sonrisas. Vaya con Dios, doña Blanca; cuídese Doña Blanca.
Decían que era muy tierna pero, la verdad, para hacer un buen caldo, yo prefiero el pollo.