domingo, 24 de agosto de 2008

Habilidades

"Prostitute" by ~Industrial-Whore



Estoy convencido de que, si quisiéramos, todos podríamos meternos un lapicero por el ano y escribir nuestro nombre moviendo el culo. Yo se lo vi hacer a una puta salvadoreña que no tenía brazos. Por diez dólares era capaz de escribir el nombre que le dijeses. A mí me escribió Alberto con letra redonda de escolar, en un cartón que todavía conservo, al lado de mi título de psicólogo. Tal vez el palito de la erre no quedase del todo bien, pero se podía distinguir la letra perfectamente. Alberto. Opino que es la mayor habilidad que puede poseer un ser humano, la deberían enseñar en las escuelas. La puta había perdido los brazos porque le explotó una bomba que iba a colocar al paso de un convoy militar. Cuando le pregunté el motivo de haber aprendido a escribir con el culo, me dijo que sólo había una cosa más triste que una guerrillera tullida, una guerrillera tullida y analfabeta. Para eso se había hecho la revolución, para que todo el mundo supiese escribir.

jueves, 10 de julio de 2008

Conserva



A través de mi ventana se ve un campo verde en primavera. Luego se vuelve amarillo y después tierra vacía. Al año, regresa el verde de nuevo, y luego el amarillo y tierra vacía otra vez.

En el cambio de verde a amarillo, hay un momento, una breve semana, que nadie tiene palabras para identificar el color. Es color de felicidad, de revolcarse en él con un perro que ladra mientras salta a tu alrededor. Es tiempo de sonreír con las pequeñas mariposas que revolotean. En ese momento, en cada cambio de color, mi madre dice que cumplo años. Me dice que ya soy mayor.

Y yo me pregunto cuántas formas hay de embotar el tiempo.

viernes, 23 de mayo de 2008

Uno de esos padres



Afuera llueve y las gotas resbalan por el vidrio. Me siento al lado de una señora, el primer acelerón del autobús casi tira al suelo a un adolescente que no se había sujetado a la barra. La señora usa un perfume pegajoso, dulzón, ocre. Levanto la vista del libro, en contra de lo que el olor anuncia es una señora normal, una madre de familia que ronda la cincuentena, con falda marrón y blusa de tienda de barrio. Intento volver a la lectura pero el olor se va metamorfoseando. Al acostumbrarse mi nariz, bajo el perfume, comienzo a distinguir el olor a tabaco, a sudor, a nervios de última hora.
Cierro el libro. En la siguiente parada una adolescente se baja y se arroja en los brazos de un chico que la esperaba sentado en la marquesina. Se besan con urgencia. Seré uno de esos padres que miran el culo de las amigas de su hija.